Nadie sera como yo...


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Mi sexo se unió al tuyo desde que me besaste esta mañana, justo en mi cuello erizándome la piel, te aproximaste a mi espalda y tus brazos rodearon mi pecho en un cálido abrazo, busqué tus labios y mordiste mi nariz, una sonrisa selló mi rostro por un momento, te inclinaste tomando con tus manos mis mejillas para acercarte a mi boca, un beso corto pero muy despacio me quitó el aliento y tu mirada pícara me volvió a hacer sonreír, dije: quédate… pero debías irte, dos palabras se repitieron mientras te despedías de mí y yo até mi mano a la tuya como para que te compadecieras de mis ojos que dulcemente te miraban, queriendo tenerte el día entero…


Pasé el día pensando en el momento de volver a verte, una llamada, tu voz, y una avalancha de felicidad arremetió contra la melancolía de tu ausencia, poco menos de 3 minutos de palabras y te tenía aquí, aunque muy lejos estabas, fui a dar vueltas a la plaza cruzando mi casa, encontré un par de amigos con los que fui a tomar una taza de té, muchos comentarios, historias, una radio que sonaba en el reproductor del lugar, una canción que me trasladó al día en que te conocí, una de las primeras melodías que te dediqué y de las que donde quiera que esté, haga lo que haga te trae a mí.

Marché al mercado, donde fui a comprar unos chocolates para regalarte y me encontré a una persona muy parecida a ti que me guiñó un ojo, sorprendida te escribí un mensaje de texto, relatándote mi día y tú me respondiste con algo de descaro… ¡nadie será como yo!

Partí nuevamente a mí hogar cuando tropecé contigo en el camino, me sujetaste de la cintura y mordiste mis labios, por dentro pensé: ¡Dios! ¿Cómo sabe exactamente qué me gusta?

Desde que abriste la puerta te sentí exageradamente sensual, querías sorprender mis sentidos y yo moría de ansias porque me mostraras ese lado que había invocado desde muy temprano, de repente te perdiste de mis ojos y me preocupé, no decías ni una frase, mucho silencio me intimidó y me senté a pensar que hice mal, con mis ojos fijos al pasillo donde vi esconderte, pronto me di cuenta que te acercabas a mí, cuando observé tus ojos, me tumbaste a lo largo del sofá besándome como para quitarme el alma del cuerpo, apretándome tan fuerte como para arrancarme la piel, rasguñaste mis hombros y continuabas besándome con un fuego que no comprendía del todo pero al que no podía resistirme, te aparté un poco y dije: Yo soy tuya siempre lo seré, y susurraste a mi oído: no pienso compartirte quiero que sepas que nadie será como yo…

Nos despojamos de nuestras ropas con mucha ira y deseo, clavaste tus uñas en mi espalda con una fuerza inconcebible, mezclando el amor con ese toque salvaje que no permitía separarnos, una gota de sudor bajo por tu abdomen, tu respiración acelerada en mi cuello y un gemido que me descontrolaba por completo, como se unía mi sexo con el tuyo tan exquisitamente perfecto que por un instante pensé que moría y así te lo dije: ¡quieres acabar conmigo! y tu respondiste si mueres, morirás conmigo, solo quiero recordarte que yo puedo explotar cada parte de tu ser, con tanto placer que no puedes dejarme, casi desmayo al oír tu voz entre cortada decirme eso, rendidos ya cansados quedaste abrazado a mi pecho y un Te amo nos cerró los ojos hasta un mañana para despertar a tu lado, a ver un nuevo día, un nuevo amanecer sabiendo que estarás aquí, encendiéndome por dentro…



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